Stanisław I. Witkiewicz

witkiewicz

Witkacy, el superartista (1918-1934)
Período más que prolífico para Stanisław I. Witkiewicz –conocido también como Witkacy–, en pocos años escribió alrededor de treinta obras de teatro, dos extensas novelas y cientos de artículos y ensayos sobre arte, filosofía, literatura y drogas, además de pintar miles de retratos y paisajes.
Pero probablemente uno de sus mayores logros sea el de haber creado su propia estética teatral y artística, a la que llamó Forma pura. Witkacy consideraba que el realismo de la escena europea había alcanzado su límite: la mímesis, la simetría y la profundidad psicológica eran para él vicios que debían ser eliminados. Con la Forma pura, postulaba que solo un teatro radicalmente nuevo, no representativo de la realidad, metafísico, sería capaz de desnudar la situación pasmosa del hombre ante el cosmos y luchar así contra la mecanización de la vida. Ese teatro debía ser anticatártico y no literario, ya que lo principal en la obra era la representación y la interpretación en manos del director y los actores. Estos, a su vez, debían rechazar el credo de Stanislavski y dejar de parecer «otra persona».
Tras seis años intensos de dedicación al teatro y a la teoría teatral (con dramas como Los pragmáticos, La nueva liberación, Ellos, La gallina acuática, Obra sin nombre, El loco y la monja, La madre, entre otras), en 1924 Witkacy declaró el fin de su programa estético.
Por la misma época, Witkacy comenzó a experimentar con distintas drogas. Las entendía como un estímulo necesario para alcanzar nuevas experiencias creativas. Se volvió adicto a la nicotina y al alcohol, y consumía regularmente cocaína, peyote y otras sustancias. Puso por escrito en Narcóticos sus experiencias para analizar luego los efectos que cada una de las drogas tenían sobre su cuerpo y su producción artística.
Para finales de la década del 20, buscó crearse una nueva personalidad artística volviendo a la novela. En 1927 publicó Adiós al otoño y en 1930 Insaciabilidad, dos largas novelas distópicas, de las cuales ninguna fue bien recibida. Un retorno a la dramaturgia en 1934 daría lugar a su último drama, Los zapateros.
Pese a la consistencia teórica y práctica de sus obras, Witkacy nunca fue respetado como dramaturgo. Sus dramas fueron calificados de ridículos e incoherentes, los críticos de su época lo consideraban una especie de excéntrico decadente que buscaba impresionar con títulos grotescos y personajes exagerados y, para el público en general, sus obras resultaban incomprensibles. No sería hasta la década del 50, con el surgimiento del teatro del absurdo y las puestas en escena de Tadeusz Kantor, que su obra lograría finalmente el aval crítico.
Es imposible cuantificar con exactitud su producción. Muchas de sus obras de teatro fueron destruidas durante la Segunda Guerra Mundial; algunas fueron redescubiertas después gracias a la labor de Konstanty Puzyna, quien además editó por primera vez las obras completas de Witkiewicz en 1962. Al igual que con la novela perdida de Bruno Schulz, la búsqueda de los escritos desaparecidos de Witkacy continúa.
Cucarachas (1885-1913)
Stanisław Ignacy Witkiewicz, Witkas, Witkrejus, Witkaze, St. Witkacy à la fourchette, Mahatma Witkac; dramaturgo, novelista, esteta, teórico teatral, filósofo, crítico literario, pintor, fotógrafo; modernista, vanguardista; polaco, ruso, europeo, universal. Nació en el año 1885 en Varsovia, pero fue criado en el pueblo montañoso de Zakopane, por ese entonces parte del Imperio austrohúngaro, en el seno de una familia de clase alta venida a menos. La figura más resonante de la familia Witkiewicz y la que más influyó en él fue su padre, Stanisław Witkiewicz, artista, arquitecto y crítico literario, considerado un verdadero sabio nacional.
Apenas nació, Witkacy se convirtió en el objeto de un experimento educativo a manos de su padre. Defensor del individualismo y la libertad del ser, el padre rechazaba cualquier tipo de educación formal, dado que esta solo generaba mediocridad y conformismo. Por esta razón, nunca envió a su hijo a la escuela. Witkacy fue un autodidacta en el sentido más completo de la palabra: Stanisław le dio completa libertad para que estudiara lo que quisiera de la manera que quisiera y para que desarrollara sus propios intereses y talentos. A los tres años ya dibujaba, a los cinco comenzó a pintar con témpera, a los seis componía música para piano.
Sin embargo, la verdadera pasión de Witkacy era el teatro. Luego de leer Hamlet, decidió armar su propio teatro en una habitación de la casa paterna, para el que escribió varias obras breves. Él mismo imprimió y publicó algunas de ellas con una imprenta casera. Con solo siete años de edad, tituló Cucarachas el primer tomo de sus comedias.
Con el tiempo, las exigencias constantes del padre provocarían en el joven Witkacy una sensación sofocante, una especie de tiranía cultural y psicológica producto de la obsesiva supervisión paterna. Se sentía obligado a ser un gran artista o a no ser nada, a mutar constantemente de intereses, proyectos y personalidades para evitar el tan temido conformismo y lograr la autosuperación a través de una renovación perpetua de sí mismo. Comenzó así a adoptar distintas personalidades, máscaras, alter egos y vivió obsesionado con su propia creatividad e individualidad, en un invariable estado de temor y paranoia.
En 1913, convencido de que solo el matrimonio podía salvarlo de la crisis mental que sufría, se comprometió con Jadwiga Janczewska. Un año después, ella se suicida, y su muerte hundiría a Witkacy en un estado de desesperación autodestructiva. Fue en ese momento, uno de los más oscuros de su vida, cuando su gran amigo, el antropólogo Bronisław Malinowski, lo salvó del suicidio invitándolo a un viaje de estudios a Oriente en calidad de fotógrafo y dibujante.
Últimos años (1934-1939)
Los últimos años de Witkacy estuvieron signados por el aislamiento y un pesimismo creciente. Reducida su creatividad a la composición de autorretratos y textos informativos en un último intento de solvencia económica, se encontró representando un papel fijo, estático, situación que aborrecía. Incluso con anterioridad al estallido de la Segunda Guerra Mundial, había previsto los horrores que se cernirían sobre Europa.
Al mismo tiempo, años de experimentación con narcóticos y sus adicciones terminaron por destruir su capacidad artística, además de exacerbar su paranoia y sus problemas de ansiedad. El suicidio, tan presente a lo largo de su vida, cobró la magnitud de una verdadera obsesión y, para resistirse a él, Witkacy se volcó a la filosofía y la psiquiatría. También se acercó a la obra de artistas más jóvenes. Entre ellos, sintió especial afinidad con Bruno Schulz. Dedicaría los próximos dos años a promover la obra de su colega mediante artículos críticos y entrevistas.
Las obras compuestas durante este período muestran su alejamiento del teatro y de la actividad puramente creativa: Entrevista a Bruno Schulz (1935), La obra literaria de Bruno Schulz (1935) y Almas mugrientas. Un estudio psicológico del complejo de inferioridad según el sistema freudiano, con especial énfasis en los problemas polacos (1936). Al mismo tiempo, abandonada la búsqueda de una forma trascendental capaz de reflejar los misterios de la existencia, comenzó a escribir una serie de manuales instructivos «útiles» para la sociedad (sobre cómo afeitarse o curar hemorroides, por ejemplo) y, así, ganar dinero.
Cuando los nazis invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939, Witkacy se encontraba en Varsovia. Intentó unirse al ejército polaco, pero su petición fue rechazada debido a su edad y mala salud. El 5 de septiembre huyó hacia el Este junto a miles de refugiados. Había llegado a la pequeña aldea de Jeziory, cercana a la frontera con la URSS, cuando se enteró de que los soviéticos también habían invadido Polonia. Sus peores pesadillas se hacían realidad. Atrapado, la noche del 18 de septiembre de 1939 se internó en un bosque y se suicidó cortándose las muñecas y la garganta. Tenía 54 años.
El segundo nacimiento (1988)
Luego de décadas de censura y persecución por parte del régimen comunista, la obra de Witkacy volvió lentamente a la vida gracias a Tadeusz Kantor, quien en 1956 inauguró su teatro con la representación de El calamar, la primera producción de una obra de Witkiewicz desde la década del 30. Stasnisław logró muerto lo que no pudo en vida: la aprobación de los círculos literarios. La batalla contra la censura estatal y el olvido generalizado terminó con una resonante victoria en 1985, declarado «Año de Witkacy» por la UNESCO a raíz del centenario de su nacimiento.
Y con su segunda vida llegó su último y mayor acto de desprecio hacia el establishment político-cultural polaco. En 1988, el Ministerio de Cultura de Polonia, con la intención de apropiarse de la figura del amado Witkacy, decidió repatriar sus restos y homenajearlo con un pomposo funeral de Estado.
Su cuerpo, que había sido enterrado en una tumba anónima en las afueras de Jeziory, fue exhumado delante de los líderes partidarios de Polonia y Ucrania. Después de los discursos de los burócratas, el ataúd sellado fue oficialmente entregado a la delegación polaca. Junto con él, sus pares ucranianos entregaron una radiografía del interior del féretro.
Más de 40 años después, Witkacy se desplazaba nuevamente por Polonia. Durante el traslado de su cuerpo a Zakopane, un estudioso del dramaturgo observó la radiografía ucraniana e inmediatamente notó que la calavera conservaba toda la dentadura, mientras que en algún momento de su vida Witkacy había tenido que extraerse varias piezas dentales: el cuerpo en el ataúd no era de Stanisław I. Witkiewicz. Sin embargo, la radiografía desapareció misteriosamente y la ceremonia continuó según lo planeado.
Cuando el cuerpo del falso Witkacy llegó a Zakopane, los festejos duraron una semana. Hubo más discursos, conciertos, seminarios, puestas en escena. Su ataúd, de camino al cementerio local, fue seguido por más de 50 mil personas.
El fraude salió a la luz apenas terminaron los homenajes. Toda Polonia estalló en recriminaciones y expresiones públicas de indignación y repudio. Sin embargo, a los márgenes de la indignación oficial y popular, unos pocos, verdaderos admiradores de Witkacy, se alegraron de que el dramaturgo hubiese ridiculizado una vez más a las autoridades políticas y literarias. Los líderes comunistas, que durante años habían censurado sus obras y prohibido representaciones públicas de sus dramas, no solo habían fracasado en su intento de adueñarse de su obra, sino que no habían podido siquiera apoderarse de su cuerpo. Witkacy había resucitado a la mejor manera witkaciana. Esta vez, para quedarse.
¡Viva el individuo, viva Witkacy! (1914-1918)
Witkiewicz siempre se negó a hablar de sus experiencias en el ejército ruso durante la Primera Guerra Mundial, por lo que no se sabe mucho sobre esos años. Sin embargo, no hay duda de que dejaron una marca indeleble tanto en su espíritu como en su obra.
Witkacy estaba convencido de que la generalización de un tipo de ser humano mediocre, automatizado, aplastado por el tedio era el objetivo principal de los bolcheviques y de todos los regímenes totalitarios europeos que se veían venir. Por eso él, como individuo y como artista, se sentía profundamente amenazado. Y por eso no es de extrañar que esos temores e ideas sobre la muerte del arte, la destrucción final del individuo y el futuro apocalíptico que aguardaba a Polonia y Europa aparezcan una y otra vez en su obra literaria: gobiernos paralelos, comités secretos y conspiraciones; el hombre autómata y masificado. Sus artistas y filósofos viven perseguidos por gobiernos secretos, conspiradores y espías, con identidad y modus operandi desconocidos, que buscan tomar el poder para instaurar un nuevo orden. De ahí la angustia y la locura que suelen caracterizar a sus artistas, que se ven amenazados por la extinción. Como uno de ellos dice: «En nuestros tiempos, solo hay dos lugares para los individuos metafísicos: la cárcel y el manicomio».
A su vez, la violencia desatada al final de muchas de sus obras no es más que la exteriorización del terror witkaciano: el terror del individuo hacia la masa; la tiranía de la sociedad por sobre el individuo. Terror porque intuye que no puede vencerla, que la masa triunfará. Y ese triunfo será saludado por violentos como Girtak en Obra sin nombre: «¡La masa homogénea, gris, pegajosa, olorosa, monstruosa: una nueva Existencia Peculiar, desafiando todas las metafísicas fundadas en la idea del individuo y la jerarquía! ¡No hay lugar para los individuos! ¡Abajo con la personalidad! ¡Viva la MASA uniforme, una e indivisible! ¡¡¡Viva!!!».
Las ideas estéticas witkacianas resaltan por su gran originalidad y son imposibles de ubicar dentro del contexto artístico de su época. Fue un verdadero outsider desde todo punto de vista; un superartista doblemente marginal. Por un lado, porque fue rechazado por la escena cultural polaca; por el otro, porque la misma Polonia encarnaba una cultura periférica, eclipsada por los grandes centros de Europa. Sin embargo, a pesar de sus circunstancias vitales, Witkiewicz construyó una obra universal, ni específicamente polaca, ni específicamente europea. Ni a la cárcel ni al manicomio: Witkacy, al teatro.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s