Bruno Schulz

Schulz final

Primeros pasos: dos imágenes y El Libro idolátrico (1892-1933)
Un caballo con carruaje saliendo a toda velocidad de un bosque oscuro y un niño que es arrastrado por el llamado de la oscuridad a pesar de los intentos de su padre para protegerlo fueron dos imágenes recurrentes que fascinaron desde siempre a Bruno Schulz. Apenas balbuceaba unas pocas palabras cuando comenzó a llenar de dibujos cualquier papel que encontrara a su alcance, incluso los bordes en blanco de los diarios. Y sus motivos predilectos eran el caballo o el padre y el hijo, siempre. Muchos años después, en una entrevista con Stanisław Witkiewicz, Schulz diría que esas imágenes provenientes de la infancia y que nos acompañan durante toda la vida son determinantes para cada persona: nos pasamos el resto de nuestra existencia interpretando esas pautas, modificándolas, rompiéndolas. Esas imágenes marcan el límite de la creación artística; la obra se deduce de esos principios. Recorrer, manipular, desenredar con paciencia el nudo hecho sobre el alma: así surge el arte.
¿De dónde provenían esas imágenes? El origen de la primera es incierto; la segunda surge del poema «Der Erlkönig» de Goethe, que su madre le leyó cuando apenas tenía ocho años.
Bruno se convirtió en un artista: dibujaba y pintaba por encargo, y así, con dificultad, se ganaba la vida. Pero la difícil situación económica que atravesaban los Schulz no le permitió estudiar pintura formalmente y, persuadido por su familia, comenzó la carrera de arquitectura. Sin embargo, su mala salud y la Primera Guerra Mundial interrumpirían todas sus actividades.
Tras una larga enfermedad, murió su padre, por lo que Bruno pasó a ser el nuevo sostén económico de su madre, su hermana viuda, sus sobrinos y una prima demente. Por ese entonces, su hermano ya no vivía con ellos. Después de idas y venidas, consiguió un empleo como profesor de dibujo en el Instituto de Drohobycz.
Para ese entonces ya había sido publicado El Libro idolátrico, un relato gráfico cuya motivación era el dominio de la mujer sobre el hombre o la debilidad del hombre frente a la presencia femenina. Como regla inquebrantable, él mismo formaba parte de sus dibujos como un personaje expuesto a un masoquismo ambiguo: solía aparecer encorvado o besando los pies de una mujer.
Las tiendas de color canela (1934)
Por la misma época, Schulz trabó amistad con un escritor polaco llamado Władysław Riff. Su creatividad dependía del intercambio con alguien que estimulara su imaginación. Necesitaba de un ida y vuelta para definir las imágenes que brotaban de él descontroladamente. Esa amistad de algún modo se constituiría como el origen de Las tiendas de color canela.
En esa época, Riff se encontraba trabajando en una novela de aventuras psíquicas, de oraciones largas y complejas sin efectos estilísticos y narración en primera persona sobre los años de escuela y el círculo familiar: el narrador se definía a partir de observaciones que complementaba con invenciones propias mitologizándose. Sin duda esta descripción coincide a grandes rasgos —obviando, por supuesto, la carencia de efectos estilísticos— con el plan de Las tiendas de color canela. Por supuesto no podemos ir más allá de esta afirmación ligera. Cuando Riff murió de tuberculosis, los fumigadores que desinfectaron su habitación quemaron, entre otras cosas, todos sus manuscritos inéditos y la correspondencia que mantenía con Schulz. La muerte de Riff fue un golpe tremendo para Schulz, al punto de que Bruno no volvería a mencionarlo.
Tiempo después, en ocasión de una visita a su amigo Witkiewicz, Schulz conoció a una poeta llamada Debora Wogel. Desde un primer momento fueron intelectualmente afines, por lo que comenzaron a escribirse cartas. De un momento a otro, aquellas cartas escritas por Bruno comenzaron a traer historias de corte mitológico sobre las peripecias de un padre y un hijo en una Drohobycz mágica y en un tiempo sin continuidad lógica. Así escribió Las tiendas de color canela. El mundo que habían creado entre carta y carta Schulz y Riff se materializaba en forma de obra en la correspondencia entre Schulz y Wogel, su nueva compañera de exploraciones artísticas.
Finalmente, la publicación de Las tiendas de color canela por la editorial Rój en diciembre de 1933 —o 1934, como figura en la primera edición— fue muy bien recibida por la intelligentzia polaca (Stanisław Witkiewicz, Wacław Berent, Bolesław Leśmian, entre otros).
«No necesitamos Prousts» (1939-1942)
En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y Drohobycz fue ocupada por el ejército nazi. Como resultado del pacto Ribbentrop-Molotov, Polonia fue dividida entre Alemania y la Unión Soviética. Sin embargo, a las pocas semanas, en cumplimiento de una de las cláusulas del pacto, el ejército alemán se retiró de Drohobycz y le dio paso al ejército rojo. Durante el período estalinista, Schulz trabajó para la propaganda comunista produciendo pinturas y dibujos. «No necesitamos Prousts», le dijeron cuando presentó a un periódico de lengua polaca un manuscrito que trataba sobre el hijo deforme de un zapatero.
Al año siguiente, Alemania invadió Drohobycz. Schulz hablaba bastante alemán, por lo que fue empleado por un oficial del ejército nazi, el austríaco Felix Landau. Landau era un amante del arte y encontró en Schulz al judío que podía satisfacer su diletantismo a cambio de raciones de comida. Mientras tanto, Schulz escondía sus dibujos y escritos en las casas de sus amigos no judíos. Si bien estos trataban de convencerlo de que escapara de Drohobycz, Bruno se rehusaba a abandonarla.
Cuando finalmente se decidió y pudo conseguir documentos falsos y dinero, fue asesinado por el oficial de la Gestapo Karl Günther en lo que llamaban «acción salvaje»: le disparaban a cualquiera que pasara por la calle. Era 1942 y los niveles de lo absurdo habían sobrepasado cualquier límite: Günther mató a mucha gente ese día, claro, pero se jactó de haber matado a Schulz como venganza hacia Landau, ya que Landau había matado a su protegido judío.
Schulz nació en 1892 en una pequeña ciudad industrial perteneciente al Imperio austrohúngaro y murió en 1942 en la misma ciudad, pero de una Polonia ocupada por los nazis. Un amigo lo enterró en el cementerio judío local, pero su cuerpo nunca fue encontrado. Hoy ese territorio es parte de Ucrania. El nombre, a pesar de los avatares políticos, siempre fue el mismo: Drohobycz.
Sanatorio bajo la clepsidra y la novela perdida: El Mesías (1934-1938)
Tres años después de Las tiendas de color canela, se publicó Sanatorio bajo la clepsidra, una recopilación de sus primeros textos. Esta obra incluía cuarenta y dos ilustraciones hechas por el propio Schulz.
Desde 1934 hasta su muerte, Schulz trabajó en una novela que habría de ser su obra principal: se llamaba El Mesías y tendría ilustraciones al igual que Sanatorio bajo la clepsidra. La novela estaba casi terminada antes de la guerra, pero se perdió en su mayor parte: sobreviven de ella apenas unos dibujos que se conservan en el Muzeum Literatury de Varsovia y dos fragmentos: «El Libro» y «La época genial». Existe una atmósfera de misterio alrededor de esta novela: algunos críticos de literatura polaca creen que el manuscrito se salvó y se encuentra en alguna parte de Rusia, entre los archivos de la KGB. El caso inspiró incluso la novela The Messiah of Stockholm de Cynthia Ozick.
Schulz también escribió críticas y ensayos literarios. Entre las primeras, probablemente las más conocidas sean la crítica sobre Ferdydurke de Witold Gombrowicz y el posfacio a la edición polaca de El proceso de Franz Kafka; entre los segundos, «La mitificación de la realidad», «Lectura de Las tiendas de color canela» y «Entrevista a Bruno Schulz de Stanisław Ignacy Witkiewicz».
Su último relato se llamó «El cometa» y fue publicado en 1938 en la revista Wiadomości Literackie.
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